
Marta se rebela contra la opresión de la mascarilla y el orden moral covidiano fomentado por las autoridades y avalado por el hombre de la calle, calle en la que justamente ha decido caminar libre y sonriente, sin el trapo facial insalubre, símbolo de sumisión y artefacto que destruye la sonrisa y debilita por consiguiente la interacción con el prójimo, además de significar de manera visible y obvia la condición de miedoso y de fácilmente condicionable del que lo lleva.

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